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Dirección Noche de Cristina Grande

UN CUENTO DE DIRECCIÓN NOCHE EN CONFESIONES DE MARGOT


DOS CANCIONES

Donde muere la carretera alguien te espera, dice una canción de Petisme que ponía mucho en el coche ese verano. Creo que fue por esa canción, y por rodar el coche, que me decidí a visitar a un amigo del instituto a quien no veía desde hacía más de veinte años. Se llamaba Valdo, apócope de Valdovinos. Era de Monegrillo y solía decir que su pueblo estaba al final de una carretera que no llevaba a ninguna parte. A Valdo le gustaban las chicas jovencitas. Si nosotros teníamos diecisiete, a él le gustaban las de catorce. Nunca me he sentido tan vieja como entonces. Sabía con certeza que nunca me miraría como a las de catorce. Valdo había aprobado el COU por los pelos. Yo le chivaba lo que podía en los exámenes de matemáticas. Sus padres le habían dicho que si no aprobaba en junio no podría ir al viaje de estudios. Valdo quería ser cantante. Se pasaba las tardes tocando la guitarra, sacando de oído canciones de los Rolling o de King Crimson. Su amigo Guti y yo nos sentábamos en su cama mientras él insistía una y otra vez sobre un acorde que se le resistía. Guti y yo nos limitábamos a mirarle como si fuera el David de Miguel Ángel que mi hermana había pegado en la pared justo frente a mi cama. Valdo había nacido para que le contemplaran, aunque tuviera, igual que el David, unas manos desproporcionadas, gigantescas.

El viaje de estudios fue por Francia, Alemania y el norte de Italia. Guti no venía porque se había puesto a trabajar en la panadería de sus padres. El viaje era en autobús y de camping. La tienda de Valdo estaba cerca de la nuestra. Las chicas nos llevábamos bastante bien y nos las arreglábamos para que los chicos nos ayudaran a montar y desmontar la tienda. A mi mejor amiga también le gustaba Valdo, aunque ni ella ni yo hablábamos de ese asunto que de algún modo nos habría obligado a competir. Las dos empezamos a fumar en ese viaje. Al principio del viaje Valdo se sentaba en la parte trasera del autobús con los otros chicos. Pero más tarde, después de Munich, donde habíamos bebido enormes jarras de cerveza, se sentaba a mi lado si veía que yo estaba sola mirando por la ventanilla. Cuando lo tenía tan cerca el corazón se me subía como la cerveza. En casi todas las fotos del viaje sale él, en grupo o en solitario. Hay una foto que me impresionó cuando la vi después del viaje, a pesar de que fui yo quien sacó todas las fotos. En ella aparecen Valdo y mi mejor amiga, los dos muy rubios, en el puente Rialto de Venecia abrazados y mirándose a los ojos como si fueran novios.

Fue en Florencia, después de Venecia, donde Valdo y yo nos despistamos del resto del grupo. Mientras los demás visitaban la Academia, nosotros fuimos a pasear por las calles cercanas al Duomo. De la mano entramos en una tienda de instrumentos musicales. Mientras mirábamos las guitarras del escaparate, Valdo me había acariciado el brazo de arriba abajo como si mi brazo fuera un mástil. La guitarra eléctrica que le gustaba valía más que todo el dinero que le quedaba para el resto del viaje. Yo le ofrecí mi dinero y no dijo que no. Entre liras, francos y marcos que tuvimos que cambiar a toda prisa, no nos importaba que la guitarra no fuera una ganga. Después del viaje me dijo que lo nuestro no podía ser. Seguía enamorado de una chica de trece muy menudita que le había dejado pocos días antes del viaje. Fue como si me desenchufaran de la corriente eléctrica, y me arrepentí de no haber entrado en la Academia de Florencia con mis compañeros. Me hice entonces más amiga del triste Guti, siempre pálido y adormilado, porque era el único que entendía mi pena, y al igual que yo había perdido toda esperanza.

Cuando fui a Monegrillo no sabía qué habría sido de Valdo. Me había pasado muchos años sin pensar en él. Como mucho, sólo al ver alguna foto del David, sus enormes manos pasaban huidizas ante mis ojos. Era la canción de Petisme lo que aparentemente me había llevado hasta allí, donde muere la carretera. Pregunté en el bar. Me quedé de piedra cuando me dijeron que hacía unos dos años que había muerto de un infarto. Cayó fulminado como por un rayo, allí mismo, en la plaza del pueblo, cuando salía de jugar la partida. Su mujer y su hija seguían viviendo en el pueblo. Pero no quise saber más. No me interesaba su familia. Ni sus dificultades económicas. Sólo me habría gustado saber qué había sido de la guitarra que compramos en Florencia. Y si por fin había aprendido a tocar entera Stairway to Heaven, aquella canción de Led Zeppelin con la que nos estuvo machacando todo el viaje de vuelta desde Florencia.


en Confesiones de Margot

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1 comentario

DonSaulo -

Quizá porque yo también tocaba la guitarra, quizá porque también amaba King Crimson, o porque al final conseguí aprender a tocar Escaleras al Cielo. Quizá porque yo nunca tuve viaje de estudios, sólo soñé con Florencia, ni siquiera con Venecia y entonces ninguna chica miraba mis manos demasiado grandes. Quizá por todo eso o quizá porque me gustó el ritmo, la visibilidad y la precisión de tu narrativa, estoy escribiéndote este comentario, saliendo del anonimato y decidido a comprar tu libro. Quizá porque me gustó leerlo o quizá porque me habría gustado escribirlo. Quizá...
http://donsaulo.blogspot.com/
http://cronicasfuturo.blogspot.com/
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