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Dirección Noche de Cristina Grande

ANTÓN CASTRO ESCRIBE DE DIRECCIÓN NOCHE (II)

PRESENTACIÓN EN EL WINDSOR DE CRISTINA GRANDE:

20060220213403-cristina.jpg"Dirección noche" o una historia secreta del deseo

Hace algunos años, Cristina Grande (Lanaja, Huesca, 1962) era esencialmente, para mí, una traductora de inglés. Me la presentaron a principios de los 90 y tradujo un texto de un escritor británico que había vivido en Alcañiz y que había publicado una novela presidida por el grave sonido de los tambores. Más tarde, empecé a verla con una cámara al hombro e incluso adquirió una legendaria Leica. La única vez que estuve en su casa materna vi su evocadora biblioteca y de ella extraje un volumen de ensayos sobre los reportajes de la gran fotógrafa alemana Gisele Freund, que acabó sus días en México. Freund es la mujer que mejor fotografió a Virginia Wolf, Walter Benjamin, y las manos y el bastón de James Joyce. Luego, iba viendo sus fotos, asociadas casi siempre a la editorial Xordica, y pensé en Jerry Bauer y Anagrama, y en Eugenio Forcano y Seix Barral, en los 60/70. Su proyección fotográfica ha ido creciendo día a día. Poco más tarde, hacia 1994, volví a saber algo más de Cristina Grande: entró en la vieja mansión de los Gabarda de los Labordeta, indagó en los secretos del tiempo e hizo un mediometraje documental titulado “25” sobre Miguel Labordeta y su mundo.

Años después, también por puro azar, vino a parar a mis manos su primer libro: “La novia parapente”. La aventura de amor y viaje que supuso su primera edición le debe algo a mi manuscrito; entonces, era el único fácilmente localizable y el compañero de Cristina Grande, Félix Romeo, editó el libro como un auténtico e inesperado regalo de pasión. Jamás había visto nada tan espontáneo y maravilloso. Algún novelista debería contar esa peripecia a bordo de una Nissan Serena granate, conducida por alguien demasiado joven que jamás había conducido más de 50 kilómetros y de golpe, inmerso en esa locura de amor, debía hacer 350 hacia Madrid. Aquel libro, que fue reeditado de inmediato por Xordica en 2002, a ningún buen lector le pasó inadvertido: había en sus páginas una mirada muy personal, una forma poética y desgarrada de enfrentarse al amor y a la vida, había duende, había sobre todo transparencia, una conmovedora sensación de verdad. Desde entonces, Cristina Grande, fotógrafa y viajera, realizadora de cine y columnista en HERALDO, traductora y, sobre todo, narradora, ha hecho muchas cosas: ha participado en libros corales, en exposiciones, ha dado muestras incluso de una fragilidad ambivalente: es dura y sedosa a la vez, es enigmática y ruda si es necesario, es creativa constantemente. Tiene personalidad, talento, una posición personal ante las cosas heredadas y los ecos de Natalia Ginzburg, Carver, Mercè Rodoreda y Chejov.

Hace unos días salía a la calle su segundo libro: “Dirección noche” (Xordica), un libro de 24 relatos breves, microrrelatos en algunos casos, piezas que hablan de la vida, del sueño, del sexo, de la amargura de la incomunicación y la soledad; piezas que hablan de la pasión, de las pequeñas manías de vivir, de la locura; piezas que hablan esencialmente de la relaciones humanas. Y del deseo. Se trata de un libro delicado y terrible, de seres humanos, de pequeños episodios de una existencia que resulta muy veraz. Es difícil que en un conjunto tan amplio, pueda haber tanta unidad, una visión armoniosa de la existencia. Pero la hay. Cristina Grande, como suele hacer con sus columnas dominicales, conoce a los seres humanos. Y así arma historias conmovedoras de novios, maridos y amantes que tienen un fondo de ternura y de demolición, y un pacto secreto con los objetos. Es poética a su pesar, es poética porque la auténtica poesía es una forma de mirar sin adjetivos, y ha escrito algunos de los mejores comienzos de cuentos de los últimos tiempos entre nosotros.

El libro se presenta mañana, 21, en el Nuevo Winsor, cuyo cocinero maravilloso es mi paisano de Ourense, Lisardo. Habrá “fiesta rachada”, noche de parranda desde las 20.30 horas; presentarán el libro Eva Puyo, autora de una estupenda contraportada, y José Luis Melero, probablemente el hombre que más sepa de libros en el nuevo reino de Aragón. El dj, locutor y novelista Miguel Mena amenizará el acto. Creo que va a ser una auténtica fiesta de letras.

NOTA MARGINAL

[En este mismo blog hay un artículo mío extenso sobre este libro. Sinceramente, me ha fascinado. Y otro del periodista y narrador Sergio del Molino. Yo cuelgo aquí, por si alguien quisiera leerla, una nota que redacté sobre “La novia parapente”. Hablaba de la primera edición en Prensas Universitarias con portada de Cano; luego hubo otra edición con portada de Javier Almalé, “Versus” (Gracias, Javier, por tus magníficos cuadernos. Un abrazo) ]

La portada de José Luis Cano, esa novia acompañada de su padre con un cigarrillo en la mano, es todo un aviso a navegantes. Evoca el primer cuento, el que da título al conjunto, y también ese universo expresionista y libre, desgarrador en ocasiones, propio de un cuadro o del mundo de Otto Dix. Así debuta como narradora Cristina Grande (hasta ahora traductora y fotógrafa), nacida en los Monegros de Aragón, en Lanaja, tierra de contrastes como su propio libro, que no está ceñido a un territorio preciso sino que transcurre en lugares muy diferentes: en Zaragoza o Londres, en las carreteras solitarias monegrinas, en los Pirineos o en la fogosa imaginación de los seres que pueblan el volumen. Se trata de un libro de episodios más bien breves e inquietantes, dominados por la desinhibición, el descaro, una sinuosa ternura que puede hacer recordar a Chejov o Natalia Ginzburg, y una crueldad propia de Patricia Highsmith o de la propia Helen Fielding, tal como anuncia la contraportada. También hemos pensado, en distintas ocasiones, en los abruptas pasiones de Charles Bukowski.

El volumen está poblado de viajes, de malentendidos y del estupor de existir: pensamos en la novia que está a punto de irse por los aires al salir de la iglesia y que le pide a su padre que le queme estratégicamente su vestido; pensamos en esa estudiante seducida por el japonés Merte, tan violento en la pasión, tan caníbal, que le perfora el tímpano con sus besos. O pensamos en la silente amargura, en las lágrimas de Joya Slumber, cuya imagen devuelven los espejos en Navidad, además de pasear por un corral hediondo con sus zapatos nuevos ante la rigidez de su abuela. Un extraño amor, “Él tiene siempre calor. Yo siempre tengo frío”, preside el cuento “Fiebre”, que transcurre en mitad de la nieve en Cerler como uno de esos tantos malentendidos que abundan en “La novia parapente”.

Estamos ante una escritora mucho más que prometedora y ante un libro irreverente y tierno, violento o desinhibido de una manera bastante original como podemos ver en “Alumna particular” o en “Mi amante”, donde leemos una de esas inesperadas declaraciones de amor: “He pensado que la próxima vez que vengas, tú harás de María Schneider y yo haré de Marlon Brando. Esa será la única manera de que no nos duela tanto despedirnos”.

La novia parapente. Cristina Grande. Prensas Universitarias de Zaragoza. Zaragoza, 2002. 96 páginas.

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