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Dirección Noche de Cristina Grande

ANTÓN CASTRO ESCRIBE SOBRE DIRECCIÓN NOCHE (I)

LOS CUENTOS DE LA VIDA, SEGÚN CRISTINA GRANDE

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Fotografía de Mercedes Ventura

Cristina Grande (Lanaja, Huesca, 1962) nos sorprendió en 2002 con un excelente y original libros de relatos: “La novia parapente” (Xordica). Un libro lleno de sabiduría vital y de transparencia que tenía en cada pieza una detonación, un fondo apacible de perversidad y de magia, de magia de las cosas de cada día que adquirían de golpe un inesperado punto de fuga. El próximo día seis se distribuirá su nuevo libro: “Dirección noche” (Xordica, 2006. 94 páginas), 24 piezas de mayor o menor brevedad, la más larga no pasa de seis o siete páginas, y la más breve apenas supera una. Son cuentos que constituyen un original tratamiento de la realidad, una manera de mirarla con métodos más o menos diferidos, exentos de énfasis, que no eluden la crueldad, la ternura, la brutalidad, la desolación, la pasión y su envés, la alegría del sexo, del vino, de la aventura, de la curiosidad…

Cristina Grande escribe una prosa sin adjetivos, elegante, cargada de lucidez e intuiciones. Intuiciones como éstas: “Las buenas personas no están tan seguras de sí mismas como para afirmarlo en voz alta”; tras cortarse el pelo, una mujer tentada por otra dice: “Era el único gesto de amor que iba a hacer por ella”. Anuncia así los desórdenes del porvenir: “Supe entonces que se acercaba un tiempo de borrascas”, tras haber mirado en un aeropuerto al hombre del tiempo Mario Picazo. O, tras narrar tres historias de amor y desamor vinculadas al hotel Ibis, dice otra mujer: “Me sale la sonrisa malévola que creo que a ti te gusta”. También he subrayado una de esas frases que dicen más de lo que aparentan decir, que dicen dos que viven una pasión imposible con semejante desgarro en el cuento con nieve “Caperucita”: “Estamos muy guapos los dos cuando nos ponemos tristes”.

El libro tiene un tema esencial: las relaciones humanas, las relaciones de pareja, sobre todo, con novios, maridos y amantes, pero también las relaciones entre madres e hijas. El libro posee un carácter muy cosmopolita, aparecen muchas ciudades, muchos viajes, y pronto se ve que Cristina Grande tiene un mundo propio, un mundo que se afirma en los gestos de la vida diaria, en los detalles que nos pasan inadvertidos la mayoría de las veces, y en la convivencia, casi siempre perturbadora, con los objetos y los accidentes imperceptibles: un bikini bordelés, un bogavante, una cotorra, una llamada de teléfono, un abrigo. Crea un constante universo de climas, de atmósferas, de situaciones inesperadas. Si lo que se cuenta es poderoso y desasosegante, lo que se oculta es todavía más poderoso y emerge en la lectura y tras haber finalizado el relato, como una potencia subliminal. El tono del libro es cautivador, cruel y poético a la vez, incluso en las distancias más breves, pienso en una pieza como “Camarero” o “Nubes veloces”. Cristina Grande tiene la virtud de ofrecer en muy pocas línea el temblor del escalofrío, la perplejidad, la sensación de un vacío interior al que no es necesario ponerle sustantivos: existe una serie de gestos externos, de actos y de palabras que lo revelan con fuerza.

Cristina Grande está aquí muy cerca de Natalia Ginzburg, de nuevo, de Chejov, de Nabokov, de Carver, pero tiene su propia personalidad. Hay piezas magníficas, que figurarán pronto en las antologías, como “Dirección noche”, la historia de una mujer y sus dos alumnos, Alejo y Lorenzo; “Día 13”, “Dos canciones”, “Nubes veloces”, que redunda en un tema que anda por ahí varias veces como es la importancia del sujetador, “El hombre del tiempo” o, entre otros, “Diuréticos”, un cuento de terror con un trasfondo de amor y desamor, resuelto con una frase que es otro fogonazo de lucidez y de dolor. El relato que cierra el libro, “Señorita”, es un perfecto retrato de mujer que se adentra en la crisis de los 40 y que disimula sus conflictos, igual que sus amigas.

Esta es una somera aproximación a un libro, “Dirección noche”, que dará mucho que hablar. En este momento, tengo la sensación de que hay pocos escritores que tengan un universo tan hilvanado y desapacible, tan contemporáneo, como el de Cristina Grande. La conozco, la veo, me invita a fumar alguna vez un Marlboro light, pero en sus libros siempre descubro a otra persona, a una escritora elegante, misteriosa, con experiencia y con un gran conocimiento de los seres humanos. Sus libros, de relámpagos breves y bruscos, se arman por acumulación, página a página, y son frisos impecables de la vida.

 

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